Agridulce victoria de Moonlight en los Oscar

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La victoria de Moonlight en los Oscar cuando recibió el galardón a mejor película del año fue un momento agridulce. Más que por el espectáculo mediático que nos ofreció Bonnie y Clyde en lo que pareció una de sus últimas fechorías y el error con el sobre, es agridulce porque a pesar de ser una cinta con un gran mérito por la historia que narra, a su director le faltó valor a la hora de contarla así como creatividad e imaginación en la forma de plasmarla.

Moonlight es la historia de Chirón, un joven afroamericano que se enfrenta a una difícil infancia y adolescencia, marcada por la drogadicción de su madre y por el acoso escolar. En el proceso de conocerse a sí mismo parece destinado a pelear constantemente y a defenderse con violencia en un entorno hostil pero también se ve obligado a enfrentarse consigo mismo a la hora de aceptar su sexualidad. Dar protagonismo y tratar la homosexualidad en un entorno muy adverso y poco común es lo que da valor a Moonlight, pese a que no se puede decir que una zona conflictiva de Miami donde abunda el narcotráfico sea el peor panorama en la actualidad, cabe recordar que en 79 países aún se considera delito ser homosexual y en 7 de ellos es castigado con pena de muerte.

Tiene valor por apartarse de estereotipos y clichés, por presentar al espectador la realidad de la discriminación dentro de una población que se siente segregada, donde se hace imperativo ser fuerte y violento para sobrevivir y el conflicto que conlleva tener que luchar con ideas preconcebidas sobre qué es la fortaleza y la masculinidad.

Pese al mérito, hay que decir que a su joven director Barry Jenkins le faltó valor a la hora de narrar la historia de Chirón, parapetándose en la estética narra la historia de una manera que no incomode, lo hace digerible para el público en general a costa del sacrificio de ser trasgresor, provocador y de permitirse incomodar al espectador para contar su verdad. Quizás se podría justificar el uso de ésta estética si se correspondiera al propio lenguaje del director, a su estilo narrativo, sin embargo, no puede ser justificado cuando se observa como se ha limitado a calcar las tomas del genio Wong Kar-wai, lejos de ser una inspiración parece más un plagio y un uso calcado de los mismos recursos narrativos. Es por ello que la victoria de Moonlight es agridulce, porque era importante que fuera reconocida pero no tiene la calidad como para ser considerada como mejor película del año.

La La Land tampoco merecía ser reconocida como la mejor película, si por un momento alguien pensó que se hizo justicia durante los breves segundos que se le concedió el Oscar, no fue así. Y es que parece que el año 2016 estuvo marcado por los directores nóveles pero que a pesar de su juventud no fueron ni trasgresores ni originales, incluso se les puede acusar con razón de haber vendido su alma al demonio de la industria de Hollywood. Damien Chazelle se llevó el galardón como mejor director por La La Land por recuperar (o copiar nuevamente) los músicales de la época dorada del cine dejando de lado a directores como Martín Scorsese y Tom Ford. Puede que La La Land si sea el reflejo en tecnicolor de un cine de evasión ante la convulsa situación económica, política y social actual pero tampoco es su mejor reflejo.

No es de extrañar que la gala de los Oscar de éste año haya seguido perdiendo audiencia, la ha perdido progresivamente durante los últimos tres años. A la gala del año 2016 se le acusó de que le faltaba “color” y éste año se ha tratado de corregir ese error pero en ningún caso parece que en los últimos años la motivación de los premios haya sido reconocer la calidad del cine sino satisfacer los intereses de la industria. Y se han orquestado de principio a fin, casi pareciese que seguía un guion cuando se entregó un muy merecido Oscar a Viola Davis por Fences pero en la categoría incorrecta como actriz de reparto en vez de como mejor actriz. Es lo que ocurre cuando el premio mayor ya tenía el nombre de Emma Stone.

Sin embargo, con tan solo una nominación a Michael Shannon en la categoría de mejor actor de reparto, por cierto, tampoco se lo llevó, obras maestras como Nocturnal Animals de Tom Ford pasaron totalmente desapercibidas en la 89 edición de los premios Oscar, no hubo nominación a su director ni en la categoría a mejor película. Una cinta perfecta en cuanto a todo lo que se puede pedir de una película. Resultado de un trabajo metódico, cuidado casi hasta lo obsesivo, en la que cada uno de sus fotogramas compone una fotografía perfecta digna de ser expuesta en una galería. Y sobre todo, resultado del propio y genuino lenguaje de su director. Sórdida, sí, hasta el punto de remover e incomodar la conciencia. Con unas interpretaciones sólidas, creíbles y emotivas. Una lástima que en los cálculos de la industria del cine no cupiera reconocer el maravilloso trabajo realizado por Amy Adams en Nocturnal Animals, quizás lo tengan en cuanta y sea de las deudas que los Oscar pagan en futuras ediciones.

Claro que todo lo dicho corresponde a mi humilde opinión de lo que considero debe ser el cine y los premios del cine. Es la opinión de alguien que ama el séptimo arte y que se sumerge en las historias que se iluminan cuando en la sala del cine todas las luces se apagan. El cine puede ser mero entretenimiento, denuncia, puede ser bueno o malo pero siempre debe ser fiel a su intención. Es el arte de narrar la historia que existe detrás de todo.

“Es imposible hacer una buena película sin una cámara que sea como un ojo en el corazón de un poeta.”

Orson Welles (1915-1985) Director de cine estadounidense

Agustín Bravo Rodríguez

Periodista

NOTA: Las opiniones expresadas en este artículo no necesariamente reflejan la opinión de Noticias Curazao. Cada autor es responsable por el contenido de sus artículos.

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